De toda la vida de Dios, o sea, cuando Franco, o sea, cuando yo era pequeño, al kiosco para confesarse lo llamábamos confesonario. Si lo llamábamos confesionario nos corregían: El confesionario -nos decían- es un libro, la sede de la confesión llámase confesonario.
Pues bien, la corrección sirvió de poco. El mundo se llenó de concesionarios y a los seres humanos de habla hispana lo de confesonario empezó a sonarles mal. Ahora todo el mundo llama a la sede de la confesión confesionario y si uno dice confesonario les suena muy raro aunque sigue siendo la palabra más apropiada para referirse al confesonario.

